La selección juró honrar la bandera, pero se olvidaron de prometer anotar goles. El patriotismo futbolero sigue dependiendo más de los memes que del rendimiento en cancha.
En un evento que mezcló el protocolo presidencial con la desesperación futbolera, la presidenta Claudia Sheinbaum entregó la bandera nacional a la Selección Mexicana que participará en el Mundial 2026. La ceremonia, realizada en el Centro de Alto Rendimiento, tuvo más pompa que los últimos partidos de la escuadra tricolor.
‘Encomiendo a su patriotismo esta bandera’, declaró Sheinbaum con seriedad institucional, mientras los jugadores respondían al unísono ‘¡Sí, protesto!’ como si estuvieran en una boda masiva. Lo único que no prometieron fue marcar goles, pero al menos juraron honrar el lábaro patrio.
Guillermo Ochoa, con más años en la selección que algunos jugadores en la vida, recibió el símbolo nacional en representación de los 26 convocados. La lista incluye desde porteros que apenas han visto acción hasta delanteros que esperan recordar cómo se siente anotar. La foto oficial quedó para el recuerdo: Sheinbaum sonriendo entre un mar de jugadores que cruzan los dedos para llegar vivos al 2026.
Directivos de la Federación Mexicana de Fútbol completaron el cuadro, todos con esa expresión que dice ‘ojalá no nos vaya como en los últimos mundiales’. El ambiente era tan solemne que casi se olvidaba que estamos hablando del mismo equipo que tiene más cambios de director técnico que triunfos internacionales en la última década.
Perspectiva Hexagonal de Ojo Diario
Mientras la selección recibe banderas en ceremonias protocolarías, el mexicano promedio sigue viendo los partidos con un pie en la televisión y otro en la aplicación de transferencias bancarias. La ironía es palpable: nos piden fe en el deporte cuando ni siquiera podemos tener fe en que el Uber llegará a tiempo. El patriotismo futbolero se mide en memes y en la capacidad de soportar penales fallados sin romper el control remoto.
Los mismos que critican cada decisión del gobierno son los que exigen milagros deportivos de un equipo que lleva años en reconstrucción perpetua. Quieren que México gane el Mundial pero se quejan si sube un peso el pasaje del metro. La selección podría aprender de los políticos: aunque siempre prometen y casi nunca cumplen, al menos saben hacer buenas ceremonias de entrega.
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